Alamut, el valle de las leyendas

Un viento persistente levanta remolinos de arena y juguetea con las libretas de los arqueólogos, que a duras penas pueden apuntar algo sobre sus hallazgos. Aunque situado a más de 2.100 metros de altitud, en el castillo de Alamut el aire es caliente pero limpia la atmósfera y permite la visión de una panorámica en 360º absolutamente majestuosa sobre las montañas del Elborz. A tiro de piedra está el mar Caspio, pero no alcanza a verse.

Alamut, posición privilegiada para la defensa del lugar

La fortaleza fue tomada en 1090 por los ismailíes dirigidos por el mítico Viejo de la Montaña (Hasan-i Sabbah). Tras un conflicto con el centro de poder ismailí, el califato Fatimí de El Cairo, los ismailíes de Irán se escinden y serán llamados desde entonces nizaríes. Sus enemigos los llamarán despectivamente hashashin, consumidores de hachís, etimológicamente, aunque luego, debido a su profesión, derivaron en “asesinos”. Desde Alamut y otras fortificaciones los nizaríes se destacaron por la práctica del homicidio político, hasta el punto de que a pesar de su escaso número aterrorizaron durante siglos a los gobernantes de Irán y Siria.

Alamut fue un nodo de la compacta red de fortalezas nizaríes, que por su inexpugnabilidad conformaron un auténtico estado descentralizado e independiente dentro de un territorio fundamentalmente sunní.

En 1256, sin embargo, las tropas mongolas marchan sobre Irán dirigidas por Hulagu Jan, y las precede su fama de invencibilidad y crueldad. Alamut se rindió sin presentar combate y fue arrasada hasta los cimientos por el ejército invasor para impedir su uso por otros posibles oponentes.

Marco Polo (1254-1324), en su libro Los viajes de Marco Polo, afirmó haber visitado Alamut y conocer al Viejo de la Montaña, lo que es poco probable ya que en la fecha que indica, la fortaleza había dejado de existir hacía varias décadas. El viajero veneciano introdujo en Europa la leyenda que ha dado fama a Alamut: la de que poseía unos jardines ocultos que imitaban el paraíso. Para fanatizar a los futuros asesinos de la secta, se les drogaba con hachís y se les hacía despertar en el jardín, donde gozaban del paraíso durante unas horas. Cuando volvían a despertar estaban en el castillo y se les decía que sólo volverían al escenario idílico y feliz que habían tenido ocasión de ver si morían en combate contra el enemigo. Esto explicaría la fiereza y el arrojo de los nizaríes en sus acciones terroristas, aun sabiendo que lo más probable es que no salieran vivos de ellas. Esta leyenda no está apoyada por ninguna evidencia histórica.

El viajero debe poner de su parte algo de imaginación en las ruinas de Alamut. Porque el castillo nunca fue una construcción elevada e imponente, sino que ocultaba algunas de sus estructuras en el hueco de la roca madre. Y también porque casi un milenio de abandono, pese a los esfuerzos de las excavaciones actuales, lo han reducido a una serie de muros maestros que insinúan algunas de las estancias.

El fulgor de las hermosas ciudades de Yazd, Isfahán o Shiraz ensombrece otros atractivos persas, entre los cuales se hallan, sin duda, el entorno del castillo de Alamut en las montañas Elborz y el Azerbaiyán iraní.

ORIENTE VIAJES

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