LAS TORRES DE VIENTO IRANIAS

El historiador español, Jesús Sánchez Jaén viajó con ORIENTE VIAJES, encabezando un grupo para realizar una ruta arqueológica. Recientemente ha publicado este artículo en la revista digital Viajes y Viajeros.

Por: Jesús Sánchez Jaén

Durante la historia de la humanidad el clima ha condicionado las formas de vida, y ha obligado al ser humano a adaptarse incluso a las condiciones más extremas. En el caso de las viviendas, tenemos por ejemplo el modelo de casa mediterránea, cerrada sobre sí misma para minimizar el paso del calor sofocante del verano, y con habitaciones abiertas a un patio o jardín interior que refresca las noches. Ese modelo de vivienda, con variaciones locales, se ha utilizado en ambas orillas del Mediterráneo al menos desde tiempos de los fenicios.

El uso del adobe en muchas zonas de la Meseta Castellana tiene la función de proteger contra el frío extremo del invierno en las tierras del norte, y contra el calor en las del sur; o ambas cosas a la vez, aprovechando la gran inercia térmica del adobe, que se enfría o calienta muy despacio y ejerce de barrera frente a la temperatura exterior.

Las casas de madera de algunas regiones de Centroeuropa protegen frente al frío y la humedad gracias a la capacidad aislante de dicho material, por otra parte muy abundante en esas regiones.

Los habitantes de la Meseta Irania han elevado a un extremo de refinamiento el uso práctico de los materiales a su alcance para refrigerar sus viviendas sin ningún coste energético. Desde hace miles de años, las gentes que pueblan los límites de los grandes desiertos iraníes se han adaptado a un entorno árido, de temperaturas extremas, con una gran amplitud térmica (diferencia entre las temperaturas máximas y las mínimas) diurna y estacional, y con escasez de agua casi todo el año. En ese entorno han hecho virtud de la utilización de los pocos materiales constructivos a su alcance, la piedra y el barro. Canales subterráneos para obtener agua del subsuelo y llevarlo hasta las zonas habitadas (qanats), sistemas de enfriamiento y de conservación con los que incluso conseguían hielo, cisternas donde mantener el agua fresca, y torres de ventilación para enfriar los edificios constituyen logros de la ingeniería irania que aún hoy sorprenden.

Las poblaciones asentadas en el entorno del Dash e-Lut, al sur del país, viven a las puertas de uno de los desiertos más áridos del mundo y rodeados de cadenas montañosas que en algún caso sobrepasan los 4.000 m de altitud. Quizá el ejemplo más representativo sea el de la ciudad de Yazd, situada en un punto intermedio entre el Dash e-Lut y el Dash e-Kavir. Un pequeño oasis permite la vida en ese punto. Las temperaturas alcanzan límites bastante superiores a 40 grados entre junio y septiembre, y por debajo de cero entre noviembre y febrero. Entre esos extremos el ingenio de sus habitantes ha conseguido suavizar las condiciones de vida y hacer confortables las viviendas.

Las casas en el centro histórico de Yazd son aterrazadas, de gruesos muros de ladrillo, y con muy pocas ventanas a la calle. Ascender a cualquiera de sus azoteas permite contemplar un curioso paisaje: decenas de torres de diferente altura y anchura se elevan sobre las viviendas oteando el horizonte cual vigías silenciosos. Esas estructuras no son chimeneas, palomares, minaretes o torres de señales; son captadores de viento, tecnología punta del desierto. Los persas las llaman badgir. Su altura y su forma difieren, sin duda a causa del poder económico de las familias que habitan las viviendas, pero su funcionamiento es básicamente el mismo: la torre está dividida en el interior en varias partes; al exterior las distintas caras están abiertas con ventanales, uno de ellos orientado al viento dominante. Por allí entrará el viento a la vivienda para refrescarla, forzando la salida del aire caliente por la cara opuesta de la torre gracias a la menor presión de éste. Una fuente o un suelo mojado cerca de la base de la torre proporcionan la humedad necesaria para que el sistema mejore gracias a la evaporación. Ese es el esquema más sencillo, pero puede hacerse mucho más complejo.

En noches con viento, éste facilita el funcionamiento del sistema de ventilación. Pero cuando no hay viento, la diferencia de temperatura entre el aire interior y el exterior provocará el movimiento por convección. Solo hay que esperar a que el aire de la noche sea más frio que el del interior de la vivienda para que se produzca una corriente ascendente por una parte de la torre, la que se ha calentado más durante el día, habitualmente la orientada al sur y al oeste. Por las caras opuestas entrará aire más fresco.

De día el sol calentará un lado de la torre progresivamente (este, sur y oeste) generando de nuevo corrientes ascendentes. Si no hay viento, la corriente descendente que se provoca en la torre (cara norte) será pequeña, pero se irá refrescando según descienda gracias a las gruesas paredes de ladrillo, que se han enfriado durante la noche y se mantienen frescas durante buena parte del día. Según se va refrescando el aire, aumenta su densidad y desciende, provocando una corriente convectiva que va desalojando poco a poco el aire caliente de las habitaciones. Si hubiese viento, las ventanas orientadas en su dirección lo captarían mejorando la ventilación.

La altura y la disponibilidad de ventanas en todas las caras de la torre mejoran el aprovechamiento pasivo del sistema. A mayor altura más posibilidad de captar aire fresco, pues la temperatura del aire desciende según se aleja de la superficie terrestre (gradiente térmico). Cuantos más lados de la torre tengan ventanas, más opciones de captar brisa, proceda de donde proceda. Los dueños de las torres pueden abrir o cerrar las portezuelas de las aberturas según la necesidad. 
Hay torres con sistemas muy elaborados y complejos, que aprovechan la forma para perfeccionar la captación y la salida del aire, combinando incluso varias estructuras superpuestas.

La combinación de torres de tamaños y alturas diferentes permite incluso ventilar distintas habitaciones a la vez. Los habitantes de las casas pueden controlar las estancias hacia las que se dirige el aire con unas compuertas en la base de las torres, tan complejas como la estructura superior.

A pocos km de Yazd, en la localidad de Abarkuh, la mansión de Aghazadeh exhibe uno de los ejemplos más elaborados de torres del viento. Tiene dos pisos y se eleva 18 metros sobre el tejado. El piso superior, mucho más estrecho que el inferior, genera una corriente de aire con mayor presión, y ventila las habitaciones de la casa combinándose con las ventanas de la torre inferior. Esta torre no tiene planta cuadrada como suele ser habitual, sino de rectángulo alargado, orientando sus lados más largos al sur y al norte de modo que se produce una diferencia térmica importante entre ambas. Eso mejora el funcionamiento del sistema. La fachada que se ve en la foto, la sur, se calienta por el efecto del sol para evacuar el aire interior por convección, mientras que la opuesta se mantiene a la sombra durante casi todo el día, generando una columna de aire fresco alta y estrecha que fuerza al aire a descender. Exquisitez técnica y decorativa solo al alcance de familias adineradas. 
Para completar la refrigeración, la sala principal está cubierta con una cúpula elevada sobre el techo de la casa. Su altura mantiene el calor alejado del suelo de la habitación, al tiempo que hace más ligero el aire que hay en su parte superior, facilitando su salida por las ventanas de la cúpula. Una fuente en el centro de la sala humedece el aire en movimiento.

Una de las torres en uso más perfectas de Yazd es la del jardín Dowlatabad, de forma octogonal y con dieciséis ventanas, dos por cada abertura. Se eleva sobre un pabellón del jardín, y en su base la taza de una fuente aporta humedad al aire descendente para hacerlo más fresco. Cada abertura desemboca en una sección de la torre, a modo de chimeneas, que la recorren hasta la base, la cual también está dividida en ocho bocas o salidas de aire. El pabellón donde está instalada es probablemente uno de los lugares más frescos de Yazd cuando el calor aprieta. El jardín Dowlatabad gana en atractivo al atardecer, cuando mucha gente va a disfrutar del sonido del agua y el aroma de las flores, manteniendo viva una de las tradiciones persas más antiguas.


Con agua refresca más
En uno de los restaurantes más concurridos de Yazd, una escalera empinada conduce desde una habitacioncita a un sótano umbrío. Por un canal en su suelo avanza despacio una leve corriente de agua que proviene de un túnel. Casi silencioso, el agua pasa incansable junto a nuestros pies mientras nos dirigimos a una sala amueblada solo con un par de asientos y varios cojines. Hace fresco, casi frio, y el aire húmedo contrasta con la piel seca que un par de minutos antes estaba expuesta al sol del exterior. Estamos junto a un qanat, que pasa bajo el edificio del restaurante.

El sistema de refrigeración creado en torno a las torres del viento encuentra un aliado perfecto en las canalizaciones subterráneas de agua persas, los qanats. Si la corriente de aire fresco que proporcionan las torres se combina con la humedad del agua el nivel de frescor aumenta. Bajo el suelo de muchas casas pasan tramos de qanats que distribuyen el agua por la ciudad, y algunas de ellas han colocado torres de viento justo encima. El aire descendente de la torre se hace pasar por una abertura estrecha (a), de manera que aumente su velocidad y pierda presión. En ese punto, un pozo sobre el qanat (b) pone en contacto el aire de la torre con el aire húmedo que está sobre la superficie del agua (c), produciendo un efecto de absorción de ese aire (efecto Venturi). El aire de la torre no solo se refresca, sino que se humedece antes de distribuirse por las habitaciones inferiores de la casa. 
La corriente de aire resultante se alimenta de dos entradas, la de la torre (1) y otra a nivel del suelo (2), que absorbe la humedad del agua.
La habilidad de los arquitectos persas reclama que nos descubramos ante ellos por su ingenio.

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Jesús Sánchez Jaén

Publicado: 16 – 1- 2019

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