Un emocionante viaje a Irán

Najda y Ana
Najda y Ana

Cuando anuncié a mi familia que me iba de viaje a Irán sola cundió el pánico. A pesar de que les expliqué que se trataba de un país estable, muy seguro y con una población abierta y amigable, no acababan de creérselo. Los testimonios –todos ellos muy positivos- de algunas personas españolas que habían viajado o trabajado recientemente en Irán parecieron calmarles un poco pero no consiguieron aplacar por completo su intranquilidad.

Entre mis amigos, más jóvenes y en teoría mejor informados, la reacción general fue muy similar. Eso de que una mujer fuera sola “por estos sitios” era “inconsciente” por no decir “suicida”. Me embarqué en una campaña pedagógica que incluía, entre otras cosas, la búsqueda de testimonios de mujeres que habían viajado solas sin haber encontrado ningún problema o las correcciones habituales sobre el hecho de que en Irán “no se habla árabe” (y que, por cierto, “eso” que llevaba estudiando unos meses se llamaba “farsi”).

Pude constatar que para la mayor parte de mis conocidos Irán ocupaba un lugar mental de fronteras indefinidas constituido por una amalgama de referencias al mundo islámico. En este país ficticio, a veces demonizado y otras romantizado en exceso, se sincretizaban cosas tan dispares como Lawrence de Arabia, Al-Qaeda, las Mil y Una Noches y frases como “las mujeres van todas en burka y no pueden conducir”.

Por supuesto también hay mucha gente que conoce a Irán como la antigua Persia y está informada sobre su historia pre y post-revolucionaria. Pero por desgracia y de modo general, la falta de información sobre el Irán postrevolucionario no contribuye al conocimiento del país actual. Que solo se cite al país para hablar de conflictos geopolíticos tampoco ayuda.

Yo misma no estaba muy segura de qué iba a encontrar. Después de todo, cuando uno se siente atraído por una cultura suele hacerlo a través de sus artes con lo cual cierta idealización resulta inevitable. En mi caso, conocía el país principalmente a través de su cine. Y aunque éste se caracterice por una fuerte componente de neo-realismo, casi próximo del documental, el conocimiento que se puede obtener de una sociedad a través de tal medio no deja de ser subjetivo.

Hace diez días regresé de un viaje de dos semanas por Irán. Y ahora puedo afirmar que se trata de un país precioso, fascinante y rico a todos los niveles. La población, más allá de los clichés sobre su famoso ta’rof (hospitalidad) es ciertamente agradable y acogedora y en España diríamos que hasta “confiados en exceso”. Considero que la seguridad y la confianza que se respiran son, para un español, dos de las cosas que más atraen nuestra atención.

¿Quién en nuestro país invita a su casa a alguien que acaba de conocer en la calle o en el autobús? ¿Quién se atreve a dejar el bolso sin vigilancia sobre la mesa de una cafetería de la capital mientras va al baño o a pedir a la barra? ¿Se subiría en el coche de un desconocido para compartir un viaje de punta a punta de la ciudad?

Pues bien, estos son comportamientos muy habituales entre toda la población (por cierto, sin distinción de sexo y de edad).

Mi itinerario por el país fue bastante variado y comprendió, entre otros, largos viajes en autobús, múltiples trayectos en taxis “no oficiales”, estancias en hoteles (baratos), casas de particulares, y muchas esperas largas en estaciones. Como en cualquier lugar del mundo, ciertas precauciones no están de más, pero, sinceramente,  encontré que una de las cosas más agradables de viajar por Irán fue la relajación que proporciona el poder confiar en los demás y no ver esta confianza defraudada.

Comencé mi viaje en Teherán. Puesto que anteriormente había estado en Armenia, realicé el trayecto desde la capital, Ereván. El viaje, en un autobús moderno y confortable, fue agradable. Tras veintitantas horas dejé el autobús con la agenda llena de números de teléfono en distintas ciudades del país y un par de invitaciones para pasar la noche o comer en casa de distintas familias. Aunque en principio había pensado en hacer escala en Tabriz y aprovechar para visitar el norte del país, la falta de tiempo me hizo optar por proseguir directamente hasta Teherán.

La capital de Irán es a menudo denostada por los viajeros. En efecto, las construcciones de hormigón sin encanto y la congestión de tráfico permanente no constituyen una primera visión muy atractiva. Sin embargo, encontré que Teherán es una ciudad muy interesante y que merece la pena ser descubierta. De entrada, museos tales como el de joyas o el de alfombras o incluso el de cerámica muestran colecciones muy bellas y diferentes de todo lo que puede verse en museos “occidentales”.

Teherán es una ciudad muy grande y diversa. Como toda capital es en cierto modo un resumen del país y permite intuir, simplemente divagando por las calles de distintos barrios, las distintas dinámicas sociales del país. De igual modo, la comunidad universitaria está asociada a una vida intelectual y artística muy interesante que se refleja en las creaciones expuestas en pequeñas galerías o reuniones privadas. Evidentemente, para poder acceder a éstas últimas es necesario un contacto directo con iraníes, ¡pero esto es bastante fácil!

Como situaciones curiosas en la capital, destacaría que acabé encontrándome por casualidad en la iglesia evangélica de la comunidad coreana o que presencié un Madrid-Barcelona en una de las ghavekhune del centro de Teherán. Esto último no es en principio aconsejable para mujeres pero aproveché la compañía de dos viajeros argentinos para no perderme el clásico!

Después de Teherán hice escala en Kashan. Se trata de una ciudad mediana y bastante conservadora que no recibe demasiados turistas. Si bien esto puede resultar extraño –es el único lugar en el que me encontré siendo la única mujer que no llevaba “chador”- , esta falta de turistas es sin duda parte de su encanto y permite observar en el bazar, en la calle, en los hoteles tradicionales…una vida “auténtica”. De esta ciudad destacaría las casas llamadas “históricas” en las que se puede visitar edificios magníficos prácticamente en solitario.

Mi siguiente parada fue Yazd. La arquitectura característica de adobe y la preciosa mezquita son dos de sus grandes atractivos. Entre las excursiones más recomendables en las cercanías de Yazd se incluyen Meyboud (artesanía, museos, arquitectura de adobe) y Chak Chak (famoso por su templo zoroastra).

La única actividad organizada de mi viaje fue un trek en el desierto de Dasht e Kavir. El trayecto comenzaba en Garmeh, situado al norte de Yazd. El camino entre Yazd y Garmeh, con un chófer, fue una de mis mejores experiencias. Es en estas situaciones cuando el poder comunicar en farsi, por básico que sea el nivel que se posea, permite abrir grandes puertas y conectar realmente con la gente. Entre tantas otras cosas recordaré el picnic sobre una takht en un área de servicio y las paradas para beber té.

El trek en el desierto lo realizamos un grupo de 7 personas (italianos, iraníes y yo) e incluyó una larga marcha de ocho horas y una noche de acampada. Recordaré el sentimiento de inmensidad del inicio de Dashte Kavir, la visión de camellos salvajes y nuestros intentos por identificar las constelaciones en un cielo plagado de estrellas. También, las actuaciones y las canciones de un grupo de jóvenes y de músicos locales en Garmeh.

La última ciudad que visité fue Esfahan. La estrella del turismo iraní ofrece muchas razones para seguir siéndolo: una arquitectura envidiable, muchísimos artesanos y vendedores de artesanía (cerámica, piezas esmaltadas, alfombras, mantelería…) así como un urbanismo más agradable que incluye jardines y algo menos de tráfico. Creo que tres días es lo mínimo necesario para poder visitar esta ciudad tranquilamente, comprar e impregnarse del ambiente de la ciudad. A pesar de ser más cara, sigue siendo un muy buen lugar para adquirir artesanía preciosa y de calidad con lo que es un placer sucumbir ante la cháchara de los vendedores de alfombras (¡sin olvidarse de regatear!). Al igual que en el resto del país me fue fácil conocer a gente y descubrir junto a ellos platos como el famoso beryani o el postre Isfahání khoreshte-mast.

Hasta ahora no he nombrado la comida pero es definitivamente uno de los puntos fuertes de Irán: es exquisita, variada y ha sido la primera vez en la que al viajar a un país extranjero no me he encontrado mal a causa del cambio de alimentación. A todos los viajeros les aconsejaría probar las especialidades locales, sopas, guisos y no limitarse a los platos de carne. Además, al igual que en España, el acceso a la auténtica cocina tradicional es mucho mejor a través de las cocinas de particulares, lo cual constituye un motivo adicional para aceptar cualquier invitación por parte de la población local.

Tras Esfahan regresé a Teherán desde donde volé a Barcelona. Mi primer contacto con Persia me supo a poco y sé que se repetirá pronto. Entre tanto, mi familia está ya mucho más tranquila.

Ana Candela

7 comentarios

  1. Hola Ana ! me alegro mucho que pasaste bien en mi país , pero perdiste muchas parte bonita de naturalesa y arquitectura tanto como las comidas ( que mejor comidas de Iran se puede encontrar en el norte ).
    un saludo

  2. Hola guapa!!!! Veo que ya has hecho ese viaje que tanto deseabas. Felicidades!!!!, por el viaje y por este relato tan bonito que has dejado de Irán. Un beso, Sandra.

    • Hola, Sandra. Perdona, hasta hoy no había visto que había comentarios. Me alegro de que te gustase el artículo. A ver si conseguimos vernos, ya sea en Barcelona, en Requena o…en Irán?

  3. Hola Ana, creo que tu relato y vivencias de Irán han servido para modificar mi estereotipada visión de este país.

    Gracias y que disfrutes en tus próximos proyectos.

    Diego

    • Gracias Ana, me ha gustado mucho lo que as publicado, nos sirve para estar mas tranquilas, pues hoy salia mi sobrino hacia ese pais. por eso estoy salseando esta pagina, y mé quedo mucho más tranquila. he leido muy agusto. Gracias Ana.

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